Podemos recordarlo todo por usted.
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PODEMOS RECORDARLO TODO POR USTED
Philip K.
Dick
* * *
Despertó.
.
.
y deseó estar en Marte.
Pensó en los valles.
¿Qué se sentiría al caminar por ellos? Creciendo
incesantemente, el sueño fue en aumento a medida que...
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1
PODEMOS RECORDARLO TODO POR USTED
Philip K.
Dick
* * *
Despertó.
.
.
y deseó estar en Marte.
Pensó en los valles.
¿Qué se sentiría al caminar por ellos? Creciendo
incesantemente, el sueño fue en aumento a medida que recuperaba sus sentidos: el
sueño y el ansia.
Casi llegaba a sentir la abrumadora presencia del otro mundo, que
solamente habían visto los agentes del Gobierno y los altos funcionarios.
¿Y un
empleado como él? No, no era probable.
- ¿Te levantas o no? - preguntó su esposa Kirsten, con tono soñoliento y con su
nota habitual de malhumor -.
Si estás ya levantado, oprime el botón del café caliente en
el maldito horno.
- Está bien - respondió Douglas Quail.
Descalzo, se dirigió desde el dormitorio a la cocina.
Allí, tras haber hecho presión,
obedientemente, sobre el botón del café caliente, tomó asiento ante la mesa, extrajo un
bote pequeño, de color amarillo, de buen Dean Swift.
Inhaló profundamente y la mezcla
Beau Nash le produjo picor en la nariz y al mismo tiempo le quemó el paladar.
Pero
continuó inhalando; el producto le despertó y permitió que sus sueños, sus nocturnos
deseos, sus ansias esporádicas se condensaran en algo parecido a la racionalidad.
- ¡Iré! - se dijo a sí mismo -.
Antes de morir, veré Marte.
Por supuesto, era imposible, y aun soñando, esto lo sabía muy bien.
Pero la luz del
día, el ruido habitual que hacía su esposa al cepillarse el cabello ante el espejo del
tocador.
.
.
, todas las cosas conspiraron repentinamente para recordarle lo que él era.
«Un miserable empleado asalariado», se dijo con amargura.
Kirsten le recordaba
tal circunstancia por lo menos una vez al día, y él no la culpaba por ello; era una labor
de esposa lograr que el marido asentara los pies firmemente sobre la tierra.
En la
Tierra, pensó, y se echó a reír.
La frase le hacia gracia.
- ¿En qué estás pensando? - preguntó la esposa, cuando entró en la cocina
arrastrando por el suelo un pico de su larga bata color rosa -.
Apuesto a que estás
soñando de nuevo.
Estarás en las nubes, como siempre.
Tienes la cabeza llena de
pájaros.
- Sí - respondió él, mirando por la ventana de la cocina hacia los taxis aéreos y
demás artilugios volantes, así como a la gente que se apresuraba para acudir a su
trabajo.
Al cabo de un rato, también él estaría entre todas aquellas personas.
Como
siempre.
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