"Impostor" izeneko ipuina
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IMPOSTOR
—Un día de estos voy a tomarme unas vacaciones —dijo Spence Olham
mientras desayunaba.
Miró a su esposa—.
Creo que me merezco un descanso.
Diez años es mucho tiempo.
—¿Y el proyecto?
—Ganarán la guerra sin...
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IMPOSTOR
—Un día de estos voy a tomarme unas vacaciones —dijo Spence Olham
mientras desayunaba.
Miró a su esposa—.
Creo que me merezco un descanso.
Diez años es mucho tiempo.
—¿Y el proyecto?
—Ganarán la guerra sin mí.
Nuestra querida bola de arcilla no corre tanto
peligro.
—Olham se sentó a la mesa y encendió un cigarrillo—.
Las máquinas
de noticias alteran los reportajes para hacernos creer que los alienígenas nos
llevan la delantera.
¿Sabes lo que me gustaría hacer durante las vacaciones?
Me gustaría ir de campamento a las montañas que hay en las afueras de la
ciudad, donde fuimos aquella vez.
¿Te acuerdas? Me topé con un zumaque
venenoso y tú casi pisas una culebra.
—¿El bosque de Sutton? —Mary empezó a transportar los platos al
fregadero—.
El bosque se quemó hace unas semanas.
Pensé que lo sabías.
Un incendio repentino.
Olham se entristeció.
—¿Ni siquiera intentaron averiguar la causa? —Frunció los labios—.
Ya
nadie se preocupa.
Sólo piensan en la guerra.
—Tensó la mandíbula,
recordando todos los elementos de la situación: los alienígenas, la guerra, las
naves-aguja.
—¿Cómo se puede pensar en otra cosa?
Olham cabeceó.
Su mujer tenía razón, por supuesto.
Las pequeñas naves
oscuras de Alfa Centauri habían burlado a los cruceros terrícolas con suma
facilidad; los habían dejado atrás como a tortugas indefensas.
Había sido un
desfile triunfal, hasta llegar a la Tierra.
Un desfile triunfal, hasta que los laboratorios Westinghouse hicieron una
demostración de la burbuja protectora.
La burbuja, que envolvió al principio las
principales ciudades de la Tierra y después todo el planeta, era la primera
defensa real, la primera respuesta válida a los alienígenas.
.
.
, como las
máquinas de noticias les habían bautizado.
Pero ganar la guerra era otra historia.
Cada laboratorio, cada proyecto,
trabajaban día y noche, sin tregua, para encontrar algo más: un arma de
ataque.
Su propio proyecto, por ejemplo.
Todo el día, año tras año.
Olham se levantó y apagó el cigarrillo.
—Como la espada de Damocles.
Siempre pendiente sobre nuestras
cabezas.
Me estoy cansando.
Lo único que quiero es tomarme un largo
descanso, aunque imagino que todo el mundo piensa igual.
Sacó la chaqueta del armario y salió al porche delantero.
El proyectil, el
veloz y pequeño vehículo que le llevaba al proyecto, pasaría en cualquier
momento.
—Espero que Nelson no se retrase.
—Consultó su reloj—.
Son casi las siete.
—Aquí viene el coche —dijo Mary, señalando entre dos filas de casas.
El sol brillaba detrás de los tejados, reflejándose contra las pesadas
planchas de plomo.
El pueblo estaba silencioso; muy poca gente se había
levantado.
—Hasta luego.
Procura no seguir trabajando después que haya terminado tu
turno, Spence.
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