El viejo
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El cuerpo del viejo yacía inerte sobre la cama. No estaba muerto, pero había perdido la vida. Abrió lentamente los ojos, y miró hacia la ventana. No había mucha claridad, así que el día se anunciaba nublado. Se incorporó lentamente, con la misma desgana del último año. Se acercó al calendario colgado en la pared, y arrancó la hoja. Diecinueve de octubre. . . otra vez. Una inmensa sensación de angustia recorrió su cuerpo. Hacía un año que lo había perdido todo, incluso las ganas de vivir. Hacía un año que ella se había ido. Miró a su alrededor y cada cosa que veía, era un recuerdo. El corazón le palpitaba deprisa y volvió a sentir esa sensación que le acompañaba desde hacía un año. Sabía lo que tenía que hacer, era un día dedicado al recuerdo. Era lo menos que podía hacer en su memoria, después de todo lo que ella le dio cada día de su vida. Cogió un disco de la estantería y con mucho cuidado lo colocó en el tocadiscos. Últimamente cualquier canción le recordaba a ella, pero aquella era especial, ya que describía todo lo que ella había significado para él, y sobretodo cómo se había sentido él durante el último año. La música comenzó a sonar, y el viejo se sentó sobre la cama, y recordó. . . “Cuando la conocí, yo pasaba por la peor época de mi vida. Me sentía perdido y abandonado. No había nadie que entendiera el motivo de mi tristeza, ni nadie que me ayudara a sentirme mejor. Yo era muy débil y no me sentía capaz de seguir viviendo de ese modo y muchas veces pensaba en acabar con todo y deshacerme de esa inquietud con la que vivía cada jornada. Entonces apareció ella en mi vida y todo cambió. La primera vez que la vi supe que entre nosotros surgiría algo muy especial. Fue hace catorce años, y rápidamente pasaron los primeros trece que fueron los mejores de mi vida. Con ella, aprendí a amar, a compartir y a entender las miradas cuando las palabras no son necesarias. Ella, pocas veces habló, y cuando lo hizo, nunca entendí nada con claridad, pero imaginaba lo que intentaba decirme. Recuerdo sus ojos, grandes, brillantes, de color café, que siempre me miraban atentamente cuando le hablaba. Siempre creí que me entendía, porque sus reacciones siempre estaban en consonancia con lo que yo le explicaba. Durante mucho tiempo, fue la única que supo enteramente de mis desdichas, la única que calmaba mi dolor y la única que seguía a mi lado, a pesar de mis continuos cambios de humor. Por las mañanas, le gustaba venir a despertarme temprano. Oía como subía la escalera, luego el crujido de las bisagras de la puerta, y por fin aparecía ella en la habitación. Siempre contenta, siempre dispuesta a que ese día fuera mejor que el anterior y lo mejor de todo es que lo conseguía. Las frías tardes de invierno, nos sentábamos en el suelo junto a la chimenea, y allí me pasaba largos ratos acariciándole el pelo. Si cierro los ojos aún siento su tacto entre mis manos, tan suave y fino. Por las noches, esperaba a que yo lograra conciliar el sueño y después, silenciosamente, se marchaba de la habitación. Cuando tenía que salir de casa, se quedaba sentada, inmóvil, mirando como me alejaba. Con esa expresión de tristeza en los ojos, por si tardaba en volver. Y cuando volvía, allí seguía ella, paciente, esperando mi regreso. A veces cuesta recordar los buenos momentos, ya que los asociamos con sensaciones o sentimientos, y eso no es fácil de explicar. A menudo pienso que 1