DE LA VERDADERA RELIGIÓN
Traductor: P.
Victorino Capánaga, OAR
DIVERGENCIAS RELIGIOSAS ENTRE LOS FILÓSOFOS Y EL PUEBLO
I.
1.
Siendo norma de toda vida buena y dichosa la verdadera religión, con que se honra a un
Dios único y con muy sincera piedad se le reconoce como principio de todos los seres, que en
Él tienen su origen y de Él reciben la virtud de su desarrollo y perfección, se ve muy
claramente el error de los pueblos que quisieron venerar a muchos dioses, en vez del único y
verdadero, Señor de todos, porque sus sabios, llamados filósofos, tenían doctrinas divergentes
y templos comunes.
Pues tanto a los pueblos como a los sacerdotes no se ocultó su discorde
manera de pensar sobre la naturaleza de los dioses, porque no se recataban de manifestar
públicamente sus opiniones, esforzándose en persuadirlas a los demás si podían; sin embargo
de esto, juntamente con sus secuaces, divididos entre sí por diversas y contrarias opiniones,
sin prohibición de nadie, acudían a los templos.
No se pretende ahora declarar quién de ellos
se acercó más a la verdad; mas aparece bastante claro, a mi entender, que ellos abrazaban
públicamente unas creencias religiosas, conforme al sentir popular, y privadamente mantenían
otras contrarias a sabiendas del mismo pueblo.
OPINIÓN DE SÓCRATES SOBRE LOS DIOSES
II.
2.
Con todo, Sócrates se mostró, al parecer, más audaz que los demás, jurando por un
perro cualquiera, por una piedra o por el primer objeto que se le ofreciese a los ojos o a las
manos en el momento de jurar.
Según opino yo, entendía él que cualquiera obra de la
naturaleza, como producida por disposición de la divina Providencia, aventaja con mucho a
todos los productos artificiales de los hombres, siendo más digna de honores divinos que las
estatuas veneradas en los templos.
Ciertamente no enseñaba él que las piedras o el perro son
dignos de la veneración de los sabios; pero quería hacer comprender a los ilustrados la
inmensa hondura de la superstición en que se hallaban sumidos los hombres; y a los que
estaban por salir de ella habría que ponerles ante los ojos semejante grado de abominación,
para que, si se horrorizaban de caer en él, viesen cuánto más bochornoso era yacer en el
abismo, más hondo aún, del extravío de la multitud.
Al mismo tiempo, a quienes pensaban
que el mundo visible se identifica con el Dios supremo, les ponía ante los ojos su insensatez,
enseñando, como consecuencia muy razonable, que una piedra cualquiera, como porción de la
soberana deidad, bien merecía los divinos honores.
Y si eso les repugnaba, entonces debían
cambiar de ideas y buscar al Dios único, de quien nos constase que trasciende a nuestra
mente y es el autor de las almas y de todo este mundo.
Escribió después Platón, quien es más
ameno para ser leído que persuasivo para convencer.
Pues no habían nacido ellos para
cambiar la opinión de los pueblos y convertirlos al culto del verdadero Dios, dejando la
veneración supersticiosa de los ídolos y la vanidad de este mundo.
Y así, el mismo Sócrates
adoraba a los ídolos con el pueblo, y, después de su condena y muerte, nadie se atrevió a
jurar por un perro ni llamar Júpiter a una piedra cualquiera, si bien se dejó memoria de esto
en los libros.
No me toca a mí examinar por qué obraron de ese modo, si por temor a la
severidad de las penas o por el conocimiento de alguna otra razón particular de aquellos
tiempos.
CÓMO LA RELIGIÓN CRISTIANA PERSUADIÓ A LOS HOMBRES VERDADES DE IMPOSIBLE
DIVULGACIÓN, SEGÚN PLATÓN
III.
3.
Pero, sin ánimo de ofender a todos esos que cerrilmente se enfrascan en la lectura de
sus libros, diré yo con plena seguridad que, ya en esta era cristiana, no ha lugar a duda sobre
la religión que se debe abrazar y sobre el verdadero camino que guía a la verdad y
bienaventuranza.
Porque si Platón viviese ahora y no esquivase mis preguntas, o más bien, si
algún discípulo suyo, después de recibir de sus labios la enseñanza de la siguiente doctrina,
conviene a saber: que la verdad no se capta con los ojos del cuerpo, sino con la mente
purificada, y que toda alma con su posesión se hace dichosa y perfecta; que a su conocimiento
nada se opone tanto como la corrupción de las costumbres y las falsas imágenes corpóreas,
que mediante los sentidos externos se imprimen en nosotros, originadas del mundo sensible, y
engendran diversas opiniones y errores; que, por lo mismo, ante todo se debe sanar el alma,
para contemplar el ejemplar inmutable de las cosas y la belleza incorruptible, absolutamente
igual a sí misma, inextensa en el espacio e invariable en el tiempo, sino siempre la misma e
idéntica en todos sus aspectos (esa belleza, cuya existencia los hombres niegan, sin embargo
de ser la verdadera y la más excelsa); que las demás cosas están sometidas al nacimiento y
muerte, al perpetuo cambio y caducidad, y, con todo, en cuanto son, nos consta que han sido
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